Adoro enseñar. Pero a personas que, para empezar, estén interesadas en lo que tengo que decir. No hay nada más desalentador que enfrentarse a un auditorio que está ahí porque el curso es obligatorio, porque si no asisten los jalan, porque si los jalan los padres los castigan y porque si se les castiga no tendrán plata para la fiesta de fin de semana.
Adoro enseñar a quien tiene curiosidad intelectual, ese raro placer que le da a ciertos seres humanos cuando, de pronto, comprenden. Esa proclividad es extremadamente rara en este desgarrado país nuestro, donde casi nadie se preocupa de aprender por el puro orgasmo intelectual de saber. Todos preguntan primero: ¿para qué me va a servir esto?















