La percepción romántica quisiera que los grandes artistas se consumieran en su propio fuego, aquel con el que encienden la memoria de sus humildes audiencias, espectadores, lectores. En contados casos se concreta en la realidad esta especie de fantasía inconsciente del artista-antorcha. Aún menos son los ejemplos en los que esto sucede en un entorno mediático masivo.
Ese es el caso de Héctor Lavoe.
No hablaré aquí de los detalles biográficos que cualquiera puede encontrar en otras fuentes. Más bien, es del impacto estético y emocional, de la huella personal que todo intérprete de calidad imprime en la percepción de su auditorio.
Empecé a escuchar a Héctor cuando tenía siete u ochos. Mi familia pasaba por un etapa de particular escasez, y lo único que teníamos para entretenernos --éramos varios los niños, además de nuestros padres-- eran un venerable televisor a blanco y negro, y una radio National diminuta, que sólo captaba estaciones AM, y que mi madre colgaba de un clavo en la pared de la cocina mientras cenábamos. Fue a través del parlantito modesto de ese aparatejo que escuchábamos "Periódico de Ayer", "Mi Gente", y "Calle Luna, Calle Sol". Bien se dice que las impresiones infantiles duran para siempre.
















