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Hector Lavoe

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PobreEl mejor 
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La percepción romántica quisiera que los grandes artistas se consumieran en su propio fuego, aquel con el que encienden la memoria de sus humildes audiencias, espectadores, lectores. En contados casos se concreta en la realidad esta especie de fantasía inconsciente del artista-antorcha. Aún menos son los ejemplos en los que esto sucede en un entorno mediático masivo.

Ese es el caso de Héctor Lavoe.

No hablaré aquí de los detalles biográficos que cualquiera puede encontrar en otras fuentes. Más bien, es del impacto estético y emocional, de la huella personal que todo intérprete de calidad imprime en la percepción de su auditorio.

Empecé a escuchar a Héctor cuando tenía siete u ochos. Mi familia pasaba por un etapa de particular escasez, y lo único que teníamos para entretenernos --éramos varios los niños, además de nuestros padres-- eran un venerable televisor a blanco y negro, y una radio National diminuta, que sólo captaba estaciones AM, y que mi madre colgaba de un clavo en la pared de la cocina mientras cenábamos. Fue a través del parlantito modesto de ese aparatejo que escuchábamos "Periódico de Ayer", "Mi Gente", y "Calle Luna, Calle Sol". Bien se dice que las impresiones infantiles duran para siempre.

Yo no aprecio a Lavoe por su historia de pobretón convertido en superestrella. No añoro su música porque haya sido --según aún lo recuerdan muchos peruanos que lo oyeron en concierto-- un tipo sencillo que se abrazaba con sus admiradores como un compadrito se estrecha con su colega de tragos. Tampoco me parece particularmente admirable su rebeldía (que presiento fue más bien desorganización producto de sus adicciones), ni conmovedora su caída ininterrumpida en desgracia, rematada por la manipulación de mercachifles que le arrebataron sus últimas energías en intentos despiadados de reciclarlo como recurso comercial.

Lo que admiro de Héctor es la verdad elemental de sus emociones, su virilidad templada como un machete, su agresividad natural que brotaba por cada uno de sus poros. Lavoe cantaba como otros se vuelven pandilleros, asaltantes, cafichos. Como si estuviera marcado por una mala estrella que sólo le había permitido cambiar el rumbo de su mala fortuna, pero no el final pre-escrito. Era inevitable como un Brando de la música salsera: un bravucón que todo lo podía en el escenario, salvo ocultar su mala hilaza.

Un trago de cerveza helada para brindar contigo, Héctor. Por la ilusión de que, al menos por unos momentos más, haya alguna canción que no tenga su final.

 
Comentarios (1)
El senor Hector Lavoe
1 Lunes 09 de Febrero de 2009 13:45
zenaida
Muy sencillo ,como un rayo de luz, pequeno de inicio,con luz propia que fue cambiando de colores con la fama que fue ganando,lastima que no tubo el soporte que necesitaba como cualquier ser humano .Creo que no habra otro que lo iguale por muchas caracteristicas propias de el,aun con sus debilidades a pesar de sus adicciones,muy transparente ,SENCILLO, grande HECTOR.gRACIAS POR TU MUSICA.

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Habladas de Borracho,De la categoría: "Música Popular"

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